Skip to main content

En estos días comienza un nuevo año escolar. Un año que esperamos sea “normal” tras 4 años complejos. El 2019 quedó en la historia por ser un año marcado por consecutivas interrupciones de clase: alrededor de 8 semanas se suspendieron por consecuencia del paro de profesores y unas 8 más a causa del estallido social.

2020 y 2021 para qué decir, la pandemia (y otras fuerzas) obligaron a los colegios a cerrar sus puertas, siendo los primeros en cerrar y los últimos en abrir. Lentamente, los equipos se adaptaron para hacer clases a distancia, pero en el caso de muchos establecimientos, este proceso fue lento y dejó a miles de estudiantes sin acceso a la educación durante muchos meses. Según un estudio de Horizontal, Chile es uno de los países que más tiempo tuvo cerradas sus escuelas. Desde marzo de 2020 a noviembre de 2021 se suman 77 semanas: 14 de cierre total y 63 de cierre parcial.

Y las pérdidas no terminaron el 2022. Lentamente el año pasado buscábamos volver a la “normalidad”, pero los temores de las familias al contagio de Covid-19, sumado a la falta de hábitos, generaron que al menos un 60% de los y las estudiantes presentara ausentismo crónico, es decir, estuviera ausente al menos un mes de clases a lo largo del año.

Si me sigue con la suma, verá que llegamos a un total de 97 semanas de clases perdidas, estamos hablando de 24 meses. Dos años escolares y medio en los últimos 4 años.

Si bien el daño académico, social, emocional y sicológico aún no termina de calibrarse, sabemos que más del 90% de los niños y niñas de primero básico no conocen las letras del alfabeto. El aumento de un 21,7% de denuncias por convivencia escolar en la Superintendencia de Educación en 2022 es otra señal del profundo daño en las habilidades socioemocionales de los y las estudiantes del país.

Los establecimientos se han estado preparando para la recuperación del tiempo perdido en los aprendizajes de los niños, niñas y jóvenes: inversiones en infraestructura, capacitaciones a equipos escolares; replanteamiento de planes. Sin embargo, nada de esto tendrá frutos si los escolares no están en clases todos los días.

El ministro de Educación ha declarado que una de las metas de este año será mejorar la asistencia escolar, aspirando alcanzar el 95%. Sin asistencia no hay aprendizajes, por lo que nos alegra que el gobierno tenga una meta ambiciosa. Sin embargo, resulta preocupante que tal vez no esté notando que es un objetivo suficientemente desafiante en sí mismo, lo que le ha llevado a sumar nuevas prioridades en las últimas semanas.

En la última década, un 30% de los escolares de nuestro país presentaba ausentismo crónico. Hoy, tras la pandemia, esta cifra se duplicó, lo que significa que alrededor de 1.600.000 estudiantes perdió al menos un mes de clases el año pasado. Lograr que los y las escolares asistan regularmente a clases no puede ser una simple declaración, y no bastará con comunicarlo en la primera reunión de apoderados. Tampoco basta con establecer incentivos.

Para reducir el ausentismo crónico de manera significativa, se requiere movilizar a docentes, asistentes, administrativos, estudiantes y apoderados. Esto implica que debe ser una prioridad para la gestión escolar y no una meta administrativa. El equipo directivo requerirá aplicar sus habilidades de liderazgo para comprometer, priorizar, reconstruir confianzas y enfrentar resistencias.

La evidencia y experiencia nos muestra que hay mayor asistencia a clases cuando la comunidad escolar valora la escuela y cree que ésta genera un impacto positivo en sus hijos e hijas. Mejora cuando los apoderados confían en que estar en el colegio beneficiará el desarrollo y bienestar de los escolares. Para ello, los establecimientos deberán tomar acciones planificadas y sistemáticas que sensibilicen e informen de manera efectiva a los estudiantes y apoderados, siempre con la mirada puesta en el bienestar del alumno y no en los porcentajes fijados por reglamento.

Al mismo tiempo, y tal como plantea la experta en asistencia escolar estadounidense Hedy Chang, el abordaje del ausentismo debe realizarse desde un enfoque escalonado, en el que las acciones no se limiten a recuperar a estudiantes que se han desvinculado del colegio, sino que pongan especial atención a la prevención. Debemos anticiparnos y evitar que los y las estudiantes caigan en el ausentismo. Esto requiere de un trabajo planificado y sistemático, que prevea dificultades e invierta recursos en desarrollar un sentido de propósito trascendente y reestablecer hábitos.

Otro elemento relevante a la hora de promover la asistencia a clases es el monitoreo. Los equipos escolares deberán llevar un monitoreo constante y riguroso de cada uno de ellos, en todos los niveles, todos los días. Para ello podrían valerse de los reportes trimestrales que entrega el MINEDUC, pero si buscan información mensual o quincenal, deberán crear o contratar sistemas específicos para ello.

Pongámonos en el lugar de las escuelas y sus equipos. La asistencia y revinculación, tal como se describe más arriba, es un enorme reto en sí mismo. Pero no olvidemos los importantísimos objetivos relacionados a convivencia escolar, salud mental y fortalecimiento de los aprendizajes. Tampoco dejemos fuera sus propias dificultades y necesidades específicas.

Los colegios ya están suficientemente exigidos. Más que agregar nuevas prioridades, ¡agreguemos apoyos reales! Más manos, más acompañamiento, más capacitaciones, menos trabas administrativas. Tal vez esta urgencia es un buen momento para discutir cómo facilitar a las escuelas la posibilidad de recurrir a las organizaciones de la sociedad civil que realmente logran resultados.

Los niños, niñas y jóvenes necesitan volver a clases ya. Tenemos que actuar ahora. Más adelante podremos sentarnos a analizar con calma los cambios al modelo educativo.

 

Rebeca Molina
Directora ejecutiva
Fundación Educacional Presente